(O al menos, eso pensaba en 2015...)
Hace casi diez años, creía que estaba a un clic de la fama mundial. Con un blog medio decente y algo de estrategia en redes sociales, parecía que podrías conquistar el mundo. Spoiler alert: no pasó.
En 2015, las redes sociales eran un lugar donde todo parecía posible. Publicabas algo en Facebook y, con un poco de suerte, lograbas unos cuantos "me gusta" y quizás algún comentario (probablemente de tu madre). Twitter era el centro de las opiniones ingeniosas, y los blogs todavía tenían ese aire romántico de ser el lugar donde compartir tus ideas. Ah, y si querías ser "moderno", abrías Instagram. Era confuso, pero la gente subía fotos de tostadas y gatos, así que no parecía tan complicado.
¿Y ahora, en 2024? El panorama ha cambiado tanto que a veces me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí.
Primero, los blogs. Sí, todavía existen, pero están enterrados bajo capas de contenido en video. En mi caso, sigo en Blogger, que debo ser ya la única persona en el mundo que lo usa. Probablemente nadie lea esto ya, pero aquí estoy, realmente sin nostalgia, simplemente porque me apetece. Escribir en un blog tiene algo terapéutico, incluso si el único comentario que recibo es un bot vendiéndome criptomonedas (y ni para los bot parece que sea interesante lo que escribo).
Facebook, mi querido Facebook, se ha convertido en el sitio donde tus padres comparten memes de gatitos y cadenas sobre cómo la juventud está perdida. Aunque a ver, yo tengo la edad de tus padres, y los gatos me interesan poco, pero sigo encontrando en Facebook las cosas que más me importan. ¿Grupos de nicho? Sigue habiéndolos. ¿La receta para el bizcocho perfecto? Allí la tienes. ¿Alguien que responda a una pregunta al instante porque no encuentras en Google? ¡Magia!
¿Y qué pasa con las demás plataformas? Twitter, o X (porque ahora todo es impronunciable), sigue siendo un caos, pero sin tanto encanto como antes. Instagram y TikTok son reinos de los videos perfectos, donde parece que todos tienen una iluminación mejor que la de mi casa. Mientras tanto, yo sigo escribiendo textos largos y reflexivos, sabiendo que probablemente nadie se los lea hasta el final.
Lo que más ha cambiado es nuestra relación con estas plataformas. En 2015, todo era novedad y emoción. Cada "me gusta" se sentía como un logro. Ahora, la mayoría de nosotros sabemos que los números no siempre reflejan calidad o conexión real. Puedes tener millones de seguidores y sentirte más desconectado que nunca.
Así que aquí estoy, en 2024, con menos seguidores de los que soñaba pero más claro que nunca lo que quiero. No necesito un millón de amigos; necesito unas cuantas personas que realmente disfruten lo que hago. ¿Es más difícil destacar ahora? Sí, muchísimo. Pero al mismo tiempo, la libertad de hacer las cosas a mi manera es algo que ningún algoritmo puede quitarme.
¿Volvería a 2015? Sinceramente yo no, de 2008 hasta 2018 fue una época dura para mi. Pero me quedo con lo que he aprendido en estos años: la clave no está en los números, sino en el impacto que dejas. Y eso, querido lector como diría la de los Bridgerton (si es que aún queda alguno), sigue siendo algo que no se mide en likes.
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